A veces, una historia importante comienza con algo tan sencillo como una carta.

A principios de septiembre de 1995, distintas residencias gestionadas o de titularidad de congregaciones religiosas recibieron una comunicación de sus Superioras Generales. En ella se les informaba de que el día 8 de septiembre tendría lugar en Toledo una reunión para hablar sobre el movimiento asociativo de residencias.

Se enviaron muchas cartas. A aquella cita acudieron representantes de siete residencias.

La Milagrosa de Montealegre del Castillo, La Milagrosa de Manzanares, Santo Tomás de Villanueva de los Infantes, San Ramón y La Milagrosa de Tarancón, La Purísima y Santiago de Mora, la entidad de Socuéllamos y Santa Catalina de Puente del Arzobispo fueron las siete residencias que dieron aquel primer paso.

Visto desde hoy, quizá ahí resida precisamente lo especial de aquel momento. Siete entidades respondieron a la convocatoria, se sentaron alrededor de una mesa y decidieron empezar a construir algo que todavía no existía. De aquel encuentro surgió el inicio de la Asociación y comenzaron a configurarse sus primeros órganos de gobierno, con un presidente y una Junta Directiva.

Probablemente ninguno de quienes estuvieron allí podía imaginar hasta dónde llegaría aquella decisión. Lo que sí conocían muy bien eran las razones que les habían llevado hasta Toledo.

Compartían inquietudes y necesidades para las que las respuestas eran muchas veces insuficientes. Las relaciones laborales, la interlocución con la Administración, la formación de los profesionales, los cambios que comenzaban a producirse en el sector o las propias exigencias de una atención cada vez más compleja formaban parte de una realidad que difícilmente podían afrontar en solitario.

Aquellas siete entidades decidieron hacer algo que hoy puede parecernos natural, pero que entonces suponía abrir un camino nuevo: encontrarse, compartir experiencias, poner en común sus preocupaciones y empezar a buscar respuestas juntas.

No partían de una gran estructura, ni disponían de demasiados recursos, ni existía un camino previamente trazado. En cierto modo, estaba casi todo por construir. Pero contaban con algo mucho más importante: el compromiso, la experiencia que atesoraban después de muchos años dedicados al cuidado, la generosidad para compartirla y una profunda vocación de servicio.

Sobre esos cimientos empezó a construirse ACESCAM.

Y hay algo especialmente valioso en aquellas primeras entidades: nunca fueron siete centros iguales.

Cada uno tenía —y sigue teniendo— su propia historia, su ideario, su vocación y una forma particular de entender el cuidado. Algunas de estas instituciones acumulaban ya entonces una larguísima trayectoria, incluso centenaria. Todas estaban profundamente vinculadas a los lugares en los que habían nacido y crecido.

Esa identidad propia no desapareció al formar parte de un proyecto común. Al contrario, la diversidad ha sido desde el principio una de las riquezas de ACESCAM.

También sus caminos durante estos treinta años han sido diferentes. Algunas entidades han ampliado su actividad más allá del ámbito residencial; otras han extendido su atención a personas con discapacidad, han creado nuevos servicios o han abierto su actividad hacia la comunidad. Cada una ha ido creciendo desde su propia realidad y dando respuesta a las necesidades que encontraba a su alrededor.

Porque treinta años dan para mucho.

Han cambiado las personas mayores y sus necesidades. Han cambiado las familias, los modelos de atención, las relaciones laborales, las exigencias profesionales y normativas y la propia manera de entender qué significa cuidar. El sector que conocemos hoy tiene poco que ver con aquel de 1995.

Y estas siete entidades han sabido evolucionar con él.

Han adaptado sus espacios, sus servicios y sus formas de trabajar. Han incorporado nuevas maneras de cuidar y han dado respuesta a realidades cada vez más diversas y complejas. Han tenido que aprender, innovar y reinventarse muchas veces. Y lo han hecho atravesando también dificultades, incertidumbres y momentos especialmente duros.

Quizá ahí esté una de las claves de su permanencia: han sabido cambiar sin dejar de ser quienes son.

Porque, mientras tantas cosas se transformaban a su alrededor, han mantenido aquello que estaba ya presente en sus orígenes: su compromiso con las personas, su vocación de servicio y su voluntad de estar allí donde se las necesita.

Y también su arraigo.

Son entidades que forman parte de sus pueblos y de su historia. Entidades que conocen su entorno y están presentes en él; que cuidan y acompañan, pero que también generan empleo, apoyan a las familias, crean comunidad y contribuyen a que muchas personas puedan seguir viviendo y siendo cuidadas cerca de aquello que conocen, de sus afectos y de sus raíces.

Cada una es única. Cada una ha recorrido su propio camino. Pero las siete compartieron entonces la intuición de que juntas podían llegar más lejos.

Mientras ellas crecían y evolucionaban, también lo hacía ACESCAM. A aquellas primeras residencias se fueron sumando otras entidades, otros pueblos, nuevos servicios y nuevas realidades. Lo que comenzó alrededor de una mesa fue tomando forma, creciendo y consolidándose hasta convertirse en el proyecto compartido que conocemos hoy.

Por eso, volver la mirada hacia estas siete residencias no es solamente recordar nuestros orígenes. Es reconocer la visión de quienes supieron entender que había necesidades que requerían respuestas colectivas. Es agradecer la generosidad de quienes estuvieron dispuestos a compartir lo que sabían y la ilusión de quienes apostaron por un proyecto cuando prácticamente todo estaba todavía por hacer.

Fueron ejemplo de compromiso entonces y siguen siéndolo hoy. Treinta años después, continúan formando parte de ACESCAM, afrontando nuevos retos, adaptándose a nuevas realidades y manteniendo viva aquella voluntad de cuidar, compartir y construir juntos que estuvo en el origen de todo.

Y detrás de esa continuidad están también todas las personas que, a lo largo de estas tres décadas, han recogido el testigo de quienes comenzaron: responsables, profesionales, equipos, patronatos, congregaciones y tantas personas que han hecho posible que estas entidades continúen creciendo y cuidando.

Muchas fueron las cartas enviadas aquel septiembre de 1995. Solo siete residencias acudieron a aquella cita en Toledo.

Y allí empezó todo.

Con muchas preguntas, pocas certezas y algo que treinta años después continúa formando parte de nuestra identidad: compromiso, generosidad, ilusión, arraigo y una profunda vocación de servicio.

Mª Ángeles Sánchez Trillo. Secretaria General ACESCAM